Como un perro encerrado sin poder ir a casa, es lo que siento en estos momentos, como si fuera el peor castigo de mi vida, impotente y con ganas de llorar, prohibido de seguir con mi vida, con el amor que le tengo, con todo el cariño que siempre le he tenido desde mi frío corazón, que ha venido sufriendo uno y otro revés, sin quererlo, así de fácil, gratis y con el delivery pagado.
Siento que quiero decir tantas cosas pero que finalmente no importan, porque mi idioma es distinto, es como ladrar y mover la cola, sin que me entiendan, escuchando a uno u otro para decidir por si sola mi destino, sin yo quererlo, sin yo pedirlo, sin tener posibilidad alguna de que me comprendan, así como a un perro, que sólo debe aceptar lo que le ordenen y lo que le den en la boca para poder alimentarme.
No creo justo mi castigo, no hay motivo ni razón, no he mordido ni herido a nadie, sólo siento que estoy perdido, sin poder llegar a casa, echado en el piso, recordando viejos momentos de cómo era todo, feliz de tenerla a mi lado, a pesar de las lluvias y el mal clima, añorando volver y que simplemente me sonrían y me engría, como siempre solía hacerlo.
Y es que mi mayor virtud y pecado a la vez es ser sensible, prohibido serlo, te juzgan sin razón, te golpea duro y ni motivos hay para tirarte al olvido, sólo quería a alguien que me pueda entender, sin juzgarme, sin castigo alguno. Si de pasiones habláramos, nos es la única condición para cumplir sentencia, he sido fiel, amoroso, solidario, cómplice, paciente, confianzudo, cariñoso, duro, lógico, respetuoso, preocupado, con errores y desaciertos y quién no, pero procuré estar ahí, a pesar de todo, estuve ahí, incluso con sentimientos de culpa, de condena, enfermo o sano, estuve ahí sin vacilar.
Mantuve la esperanza hasta el último, esperando el mejor premio de mi vida, tú.
Sólo tú.

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